
POR SUSANA HERNANDEZ GARCIA (Prensa Latina)
La inevitabilidad del envejecimiento y la muerte, ha preocupado siempre a los seres humanos. El deseo de desafiar a uno y otra, ha sido una constante a lo largo de la historia y no sólo desde la magia o el mito, sino también desde la ciencia y la medicina científica.
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Retrasar, prevenir o incluso revertir el declive funcional que conlleva el envejecimiento es una tarea compleja, tanto desde el punto de vista científico como ético.No obstante, es indudable que disfrutar de una larga vida, en buena forma física y mental y libre de enfermedad, tiene gran atractivo para la mayoría de la población.
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El crecimiento progresivo de la esperanza de vida alienta ese deseo.El proceso de envejecimiento va asociado a un progresivo deterioro en el funcionamiento de algunos órganos y sistemas del cuerpo. Como consecuencia se produce una pérdida de capacidad funcional, que reduce los niveles de autonomía y limita las posibilidades de disfrutar de una vida plena.
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Aunque el envejecimiento parece estar en parte condicionado por los genes, se han identificado numerosos factores relacionados con el estilo de vida que ejercen de manera determinante sobre cómo se envejece y cuántos años se vive, tales como: la contaminación, el estrés, el tabaco, el alcohol, la alimentación incorrecta, el sedentarismo, etc.
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El ejercicio físico, practicado de manera apropiada, es la mejor herramienta hoy disponible para retrasar y prevenir las consecuencias del envejecimiento, así como para fomentar la salud y el bienestar de la persona.
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De hecho, ayuda a mantenerse independientes durante más tiempo, mejora su autoestima, mantiene un círculo social activo y reduce el riesgo de enfermedades cardiovasculares, diabetes, cáncer, artritis y obesidad, entre otras.
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De manera directa y específica, el ejercicio físico mantiene y mejora la función muscular esquelética, osteoarticular, cardiocirculatoria, respiratoria, endocrinometabólica, inmunológica y psiconeurológica, e indirectamente tiene efectos beneficiosos en la mayoría de las funciones orgánicas, contribuyendo a mantener su funcionalidad e incluso a mejorarla.
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No obstante es preciso resaltar el tipo de ejercicio y la intensidad de las sesiones de entrenamiento, para que éstas sean adaptadas a las características del sujeto.
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Por otra parte, se debe partir de una correcta evaluación de la forma física; conocer el estilo de vida y nivel de actividad que realiza, para prescribir un programa correcto que permita desarrollar su máximo potencial físico, atenuar las consecuencias del envejecimiento y mejorar el estado de salud físico-mental.
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Este tipo de intervención, para ser efectiva, debe incrementar la capacidad aeróbica, aumentar la fuerza y mejorar la coordinación general y la movilidad articular.
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En resumen, potenciar un buen estado de forma física constituye, sin lugar a dudas, la mejor medicina hoy disponible para luchar contra el inexorable proceso de envejecimiento, posibilitando el tan ansiado objetivo de añadir tanto años a la vida como vida a los años.
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